Houston,
27
March
2020
|
02:10 PM
America/Chicago

La Libertad Interior: A reflection by Fr. Dempsey Rosales Acosta

La Libertad Interior: Un Puente de Conexión con Dios Reflexión Sobre la Situación del Covid-19 para la Comunidad de UST

Fr. Dempsey Rosales AcostaFind the English Translation in the Downloads section.

Para el lector que se acerca con curiosidad a leer estas líneas, atraído por la noción propuesta en el título, le propongo humildemente de aceptar unas ideas que fluyen de la experiencia interior de uno, que hasta el día presente, sigue luchando contra las cadenas espirituales y sociales para abandonarse libremente en las manos sabias de Dios.

Los últimos días han puesto en evidencia la fragilidad humana que continuamente nos lleva a pensar sobre nuestro peregrinaje en este mundo; ya que sólo estamos de paso, como lo recitaba enfáticamente Juan XXIII en varias ocasiones y en su acertado diario de un alma. Esta transitoriedad, puesta en evidencia por un enemigo invisible y silencioso como Covid-19, nos llena de miedo por la incertidumbre de un futuro que se escapa de la imaginación controladora de cada ser humano, que pretende tener la seguridad de una ilusión que se desquebraja con un estornudo. Sí, con un estornudo, un saludo de mano, un beso, o una conversación con un conocido, la seguridad de una vida desaparece, hasta el punto que lo que “parecía necesario”, ya no lo es. Nuestra fragilidad, en momentos de crisis, nos lleva a centrarnos en lo esencial para vivir: agua, comida, medicinas y salud. Pero cuando aún lo básico desaparece, entonces llega el momento de “apreciar” que lo único que nos queda es sólo Dios.

El aislamiento social provocado por la pandemia de covid-19, nos ha llevado a ver la destrucción de nuestro “modo de vivir americano”, hasta el punto que estamos forzados a permanecer en la casa como “prisioneros”, con la autorización de recibir clases en line (online courses), y hasta incluso con la prohibición de no ir a la Iglesia, obstaculizando una vía para sentirnos cercanos a Dios a través de la vida sacramental que nutre nuestro mundo interior.

¿Qué es este modo de vida? ¿Una prisión? ¿Por cuánto tiempo debemos vivir así? ¿Qué va a suceder con nosotros si esta cuarentena se extiende por meses? Estas interrogantes han surgido frecuentemente en los últimos días, y las respuestas son lúgubres y muchas veces carentes de esperanza.

Sin embargo, los momentos de adversidad se convierten en oportunidades que Dios utiliza para hacernos crecer en nuestra relación personal con Él. Dios observa nuestra realidad, no sólo como un espectador lejano, sino también como un participante empático, ya que al asumir nuestra naturaleza, Él ha experimentado que cosa significa estar enfermo, tener hambre y sed, sufrir y morir. Pero a través de esos momentos, Él conjuntamente percibía la realidad humana y la divina de un Dios relacional que actúa fielmente en las vicisitudes humanas que nos llevan a perder la esperanza con la ilusión falsa que utiliza la voz de “mundo” que dice “los gobiernos tienen el control de la situación”. El verdadero control está en las manos de Dios quien es omnisciente y actúa en las complejas situaciones de catástrofe y miseria, para luego dar vida a partir de las cenizas. Éste es el paradigma de la cruz de Cristo que a través de la miseria viene la resurrección, y por tanto por medio del dolor, Dios realiza una nueva creación de acuerdo a su designio divino. Por este motivo, en nuestra tradición cristiana, la cruz del dolor vence la miseria de la muerte para dar vida y alegría, y por esa razón podemos acertadamente afirmar crux vincit et crux regnat en nuestra vida presente.

La paradoja de la cruz y la resurrección nos lleva a también a reflexionar en la noción del “tiempo” que transcurre entre un evento y el otro, es decir, los “tres días” que separan la muerte de la resurrección. Jesús resucitó al “tercer día”, y esta poderosa afirmación implica que el estado de muerte o miseria tiene un fin, es temporal y limitado, ya que al final el poder de Dios hace todo nuevo, eliminado el poder de la muerte y de las tinieblas. Este período de pandemia, análogamente, no es eterno, sin embargo nos asusta el hecho de pensar que vaya a durar mucho tiempo, pero al final Dios nos dará su “tercer día”, en el cual todo será nuevo, y la alegría sobreabundará. Pero entonces, podría surgir esta interrogante: ¿Qué hacemos mientras vivimos prisioneros en nuestras casas a causa del temor y la cuarentena?

Una respuesta sería “apreciar-percibir-entender” cada día de nuestro encierro con los “ojos del espíritu”, esfuerzo mental que implica nuestro desafío moderno, ya que éste es el espacio psicológico y espiritual en donde la “libertad interior” no tiene cadenas físicas y en donde “todo” se convierte en un lugar de encuentro con Dios. Mientras percibamos la realidad presente con nuestros ojos físicos o percepción materialista e individualista siempre estaremos prisioneros de nuestro espacio y circunstancias transitorias, pero en el momento que hacemos el esfuerzo de “percibir” nuestra realidad utilizando los ojos del espíritu, toda realidad humana adquiere una connotación sobrenatural, ya que no hay nada de nuestro mundo que escape de la presencia y acción de Dios (Salmo 139:7-10). Consecuentemente, cada día de nuestro aislamiento social se convierte en un “gimnasio espiritual”, en donde cada uno de nosotros puede ejercitarse en ser libre espiritualmente para crecer en la relación personal con Dios.

Es en este tipo de circunstancias donde Pablo de Tarso se convierte en un verdadero maestro de vida. Durante sus experiencias en prisión, Pablo escribió varias cartas como la de los Filipenses, Colosenses y Filemón, y lo que caracteriza a Pablo, según lo reflejado en estas cartas, es su “libertada interior”, mientras sufría por estar encadenado a causa del evangelio. Mientras escribe las mencionadas cartas, Pablo se centra en el “dar gracias a Dios” (“doy gracias a Dios”: Eujaristo to Theo: Εὐχαριστῶ τῷ θεῷ Fil 1:3) siempre y en todo lugar por la comunidad, por la fe, por el favor recibido, por la fortaleza que Dios le ha dado durante los momentos de prueba, por los buenos amigos, por las oraciones de las comunidades, etc.; en fin, el encarcelamiento de Pablo se convirtió en el momento de “reflexión”, “crecimiento en la fe”, “prueba de la fidelidad de Dios” y un momento precioso para seguir “orando” y “dando gracias a Dios” por su acción diaria. Al leer estas cartas de la experiencia paulina, surge consecuentemente este patrón de comportamiento de Pablo, quien estando encadenado, es decir, físicamente restringido como nosotros hoy, asume una actitud vigorosa al ver la realidad con los ojos de la fe, manteniéndose firme en la transitoriedad de las circunstancias adversas y en la estable certeza de Dios que es fiel. Razonablemente siguiendo este comportamiento ejemplar, Pablo nos ofrece un patrón espiritual de crecimiento en este tiempo de cuaresma y posteriormente de pascua que consiste en cultivar nuestra relación con Dios a través de la “oración”, “reflexión” y “meditación” de sus palabras y obras a través de la Escritura, la liturgia, la eucaristía (en línea), practicando el “diálogo espiritual” con la persona de Jesús a través de nuestras devociones o métodos de oración, y “dando gracias a Dios siempre y en todo lugar” por los dones diarios que vienen sólo de Él. Sólo así podremos crecer en humildad, dejándonos modelar por Dios mismo, quien como buen “pedagogo” nos educa en la escuela de la vida y nos lleva a desarrollar nuestras potencialidades para el bien de su designio divino que escapa a nuestra imaginación.

Siguiendo esta línea de reflexión, con ponderación me parece apropiado concluir con las mismas palabras de Pablo quien después de haber ofrecido preciosos consejos a Timoteo, le dice: “pero el Señor estuvo conmigo y me fortaleció, a fin de que por mí se cumpliera cabalmente la proclamación del mensaje y que todos los gentiles oyeran, y fui librado de la boca del león” (2Tim 4:17). Oremos juntos con estas palabras paulinas, pidiendo al Dios todopoderoso, que nos fortalezca en nuestra misión en cada una de nuestras vidas para ser instrumentos de su mensaje y que Él nos libre siempre de la boca del león que nos acecha. Amén.